Aprendiendo a confiar en Jesús en medio de las circunstancias adversas
«Pero al sentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: “¡Señor, sálvame!”. Enseguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo, lo reprendió: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”. Cuando subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca lo adoraron diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”». Mateo 14:30–33
La fe que agrada a Dios
Dios se agrada de la fe. A lo largo de los Evangelios vemos cómo Jesús responde a quienes se acercan a él confiando en su persona y en su palabra. No se trata de una fe depositada en nuestros propios deseos ni de una confianza ciega en que todo saldrá como esperamos. Se trata de una fe que descansa en Dios, que cree en quién es él y confía en lo que ha dicho.
La fe bíblica no depende exclusivamente de lo que nuestros ojos puedan ver ni de lo que nuestras circunstancias parecen indicar. Es posible confiar en Dios aun cuando no tengamos todas las respuestas, cuando el camino no está claro y cuando la realidad que tenemos delante parece contradecir aquello que hemos creído.
Jesús dice: «Dichosos los que no han visto y sin embargo creen» (Juan 20:29). El apóstol Pablo también afirma que «vivimos por fe, no por vista» (2 Corintios 5:7). Por su parte, Pedro escribe:
«Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso» (1 Pedro 1:8).
La experiencia cristiana está marcada por esta realidad: amamos a Cristo, confiamos en él y vivimos para él, aunque no podamos verlo físicamente. Nuestra fe se sostiene en su Palabra y en el conocimiento de su carácter. No creemos porque siempre entendamos lo que sucede, sino porque conocemos al Dios en quien hemos creído.
Hebreos 11:6 declara que sin fe es imposible agradar a Dios, porque quien se acerca a él debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan. El énfasis en este pasaje está en la confianza que nos lleva a acercarnos a Dios y perseverar en buscarlo.
La fe no es un mérito con el que compramos el favor divino. Es la respuesta confiada de quien reconoce a Dios, cree en su Palabra y se entrega a él. Fe es creerle a Dios y aprender a descansar en su fidelidad, incluso cuando todavía no vemos el desenlace.
Sin embargo, aunque sabemos que la fe es fundamental para nuestra vida espiritual, también sabemos que hay momentos en los que las circunstancias amenazan con debilitar nuestra confianza. Es precisamente en uno de esos momentos cuando encontramos a Pedro caminando sobre las aguas.
Cuando comenzamos a mirar el viento
Mateo 14 nos presenta una escena extraordinaria. Los discípulos se encuentran en una barca, en medio del lago, mientras el viento y las condiciones del agua dificultan su travesía. Durante la madrugada, Jesús se acerca a ellos caminando sobre el agua. Al verlo, los discípulos se llenan de temor, pero Jesús les dice: «¡Cálmense! Soy yo. No tengan miedo» (Mateo 14:27).
Pedro responde: «Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre el agua» (Mateo 14:28). Jesús le da una respuesta breve: «Ven».
Pedro sale de la barca y comienza a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. No obstante, el relato nos muestra un cambio decisivo:
«Pero al sentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse» (Mateo 14:30).
Pedro había comenzado a caminar en la dirección correcta. Había respondido a la invitación de Jesús y estaba haciendo algo que, humanamente hablando, resultaba imposible. Pero entonces comenzó a prestar atención a la fuerza del viento. La amenaza que tenía delante ocupó su atención y el temor se apoderó de él.
El texto no dice que el viento comenzara a soplar cuando Pedro salió de la barca. El viento ya formaba parte de la situación. Lo que cambia en la narración es la reacción de Pedro ante esa realidad: siente el viento, tiene miedo y comienza a hundirse.
Aquí encontramos una lección importante para nuestra vida espiritual. Las circunstancias que nos rodean pueden ser reales y amenazantes sin tener la última palabra sobre nuestra confianza en Dios.
No debemos confundir la fe con la negación de la realidad. Tener fe no significa fingir que no hay problemas, ignorar los peligros o convencernos de que las dificultades desaparecerán si dejamos de pensar en ellas. Pedro no estaba imaginando el viento. El viento era real. El problema fue que el temor terminó dominando su respuesta.
Algo semejante puede ocurrirnos. Recibimos una palabra de la Escritura, aprendemos una verdad acerca de Dios y comenzamos a caminar confiando en él. Pero, cuando aparecen las dificultades, nuestra atención se desplaza. Pensamos más en lo que podría salir mal que en el carácter de aquel que nos ha llamado a confiar en él.
Poco a poco, el problema parece ocupar todo nuestro horizonte. La incertidumbre crece, el temor condiciona nuestras decisiones y comenzamos a perder de vista las verdades que antes sostenían nuestra esperanza.
Por eso es importante examinar aquello a lo que prestamos atención. Lo que contemplamos continuamente influye en nuestra manera de interpretar la vida. Si alimentamos constantemente nuestros temores, estos pueden llegar a dominar nuestros pensamientos. Pero cuando volvemos una y otra vez a la Palabra de Dios, aprendemos a interpretar nuestras circunstancias a la luz de quién es él.
Pablo nos recuerda en 2 Corintios 4:18 que no debemos fijar nuestra atención únicamente en lo visible, porque lo visible es temporal, mientras que lo invisible es eterno. No está diciendo que lo que vemos carezca de importancia, sino que la realidad presente no agota todo lo que existe ni determina por sí sola nuestra esperanza.
El creyente necesita aprender a mirar más allá de lo inmediato, sin negar lo que sucede, pero sin permitir que las circunstancias desplacen a Dios del centro de su confianza.
¿Tenía Pedro razones para dudar?
Podríamos preguntarnos si Pedro tenía motivos para sentir temor. Después de todo, estaba sobre el agua, el viento era fuerte y la situación resultaba extraordinaria. Desde una perspectiva humana, su reacción parece comprensible.
Sin embargo, hay un detalle fundamental en la narración: Jesús le había dicho que fuera hacia él.
Pedro no había salido de la barca apoyándose únicamente en una emoción pasajera o en una iniciativa personal. Había pedido una palabra de Jesús y había recibido una respuesta. Su confianza debía descansar en esa palabra.
El viento podía hacerle sentir que estaba en peligro, pero no anulaba la palabra que había recibido. La presencia de una dificultad no significaba que Jesús hubiera dejado de ser digno de confianza.
Esto no quiere decir que cada deseo personal que tengamos sea una promesa de Dios, ni que podamos reclamar cualquier resultado simplemente porque creemos. La fe bíblica no consiste en convertir nuestras aspiraciones en mandamientos divinos. Consiste en confiar en lo que Dios realmente ha revelado, reconocer su carácter y caminar en obediencia a su Palabra.
En el caso de Pedro, Jesús le había dicho: «Ven». Por eso, la pregunta de Jesús después de rescatarlo resulta tan significativa: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?» (Mateo 14:31).
La reprensión señala la fragilidad de la confianza de Pedro. Había comenzado a caminar respondiendo a la palabra de Jesús, pero permitió que el temor dominara su reacción ante el viento.
La duda puede surgir en nuestra experiencia sin que eso signifique que hemos dejado de creer por completo. Hay momentos en los que conocemos las promesas de Dios, pero nos cuesta descansar en ellas. Sabemos lo que dice la Escritura, pero la incertidumbre nos hace vacilar.
Por eso, no se trata de fingir que nunca tenemos preguntas ni de condenarnos por experimentar temor. Se trata de no permitir que la duda se convierta en la fuerza que gobierne nuestras decisiones y nos aparte de la confianza en Dios.
Podemos experimentar dudas sin entregarles el control de nuestra vida. Podemos sentir temor sin permitir que el temor determine el rumbo de nuestros pasos.
La fe madura no es aquella que jamás experimenta una lucha interior, sino aquella que aprende a llevar sus luchas delante de Dios y a regresar continuamente a su Palabra.
No podemos vivir hundiéndonos
La imagen de Pedro hundiéndose nos invita a reflexionar sobre nuestra propia vida. Hay momentos en los que las dificultades nos hacen sentir que perdemos estabilidad, dirección y esperanza. Las circunstancias parecen más grandes que nuestras fuerzas y llegamos a pensar que no podremos continuar.
En ese sentido, hundirse puede convertirse en una imagen de lo que ocurre cuando permitimos que el temor gobierne nuestra manera de vivir. Dejamos de avanzar en obediencia, renunciamos prematuramente a lo que debemos hacer o permitimos que la preocupación nos robe la capacidad de actuar con sabiduría.
No obstante, debemos tener cuidado de no interpretar cada dificultad como una señal de falta de fe. Los creyentes también enfrentan enfermedades, pérdidas, crisis económicas, conflictos y temporadas de sufrimiento. La fe no garantiza que estaremos libres de adversidades ni que siempre obtendremos el resultado que deseamos.
La diferencia no está necesariamente en las circunstancias que experimentamos, sino en dónde encontramos nuestro fundamento para atravesarlas.
Vivir por fe no significa caminar siempre sobre aguas tranquilas. Significa aprender a confiar en Dios tanto en medio de la calma como en medio de la tormenta. Significa seguir buscando su dirección cuando no comprendemos lo que sucede y perseverar en obediencia cuando el camino resulta difícil.
El creyente no está llamado a vivir dominado por el temor, sino a crecer en el conocimiento de Dios y en la confianza en su fidelidad. Por eso, la Escritura afirma: «El justo por la fe vivirá» (Romanos 1:17; véase también Habacuc 2:4).
La fe no es solamente el punto de partida de nuestra vida cristiana. Es también una manera de vivir, una confianza que debe profundizarse mientras conocemos mejor a nuestro Señor.
Cada situación adversa puede convertirse en una oportunidad para volver a las verdades que hemos recibido, buscar la dirección de Dios y aprender a depender de él. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque aun en medio de él podemos crecer en perseverancia, esperanza y madurez espiritual.
¿Cómo podemos mantener nuestra mirada en Jesús?
Hebreos 12:2–3 nos ofrece una orientación fundamental:
«Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo».
Fijar la mirada en Jesús significa reconocerlo como el centro de nuestra fe y la referencia principal para nuestra manera de vivir. No se trata de repetir una frase como si fuera una fórmula para eliminar los problemas, sino de orientar nuestros pensamientos, decisiones y esperanzas a la luz de su persona y de su obra.
Jesús mismo atravesó el sufrimiento. La cruz nos recuerda que confiar en el Padre no significa evitar todo dolor, sino permanecer fieles aun en medio de la oposición y la angustia. Nuestra esperanza no descansa en la idea de que nunca enfrentaremos tormentas, sino en el Señor que nos ha reconciliado con Dios y nos sostiene mientras caminamos por la fe.
¿Cómo ponemos esto en práctica?
Primero, volvemos a la Palabra. Cuando las circunstancias despierten nuestros temores, necesitamos recordar lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo. La lectura y la meditación de la Escritura nos ayudan a distinguir entre lo que tememos, lo que suponemos y lo que realmente sabemos acerca de Dios.
Segundo, llevamos nuestras preocupaciones delante del Señor. La oración no es una manera de ocultar nuestros temores, sino de presentarlos con honestidad ante Dios. Podemos reconocer nuestra debilidad, pedir sabiduría y buscar su ayuda sin fingir una seguridad que todavía estamos aprendiendo a desarrollar.
Tercero, damos los pasos de obediencia que corresponden a nuestra situación. La fe no nos llama a la pasividad ni a ignorar las responsabilidades que tenemos. Nos llama a actuar con confianza, prudencia y fidelidad, aun cuando no podamos controlar todos los resultados.
Finalmente, aprendemos a perseverar. La confianza en Dios se profundiza mientras caminamos con él, conocemos mejor su carácter y comprobamos que podemos acudir a su presencia en cada etapa de la vida.
Cuando sientas que comienzas a hundirte, clama al Señor
Hay una parte de la historia que no debemos pasar por alto. Cuando Pedro se da cuenta de que comienza a hundirse, no se queda paralizado ni intenta resolver la situación por sus propias fuerzas. Grita:
«¡Señor, sálvame!» (Mateo 14:30).
Su oración es breve, directa y urgente. Pedro reconoce su necesidad y se dirige a Jesús.
La respuesta del Señor es inmediata: «Enseguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo…» (Mateo 14:31).
Antes de reprenderlo por su poca fe, Jesús lo sostiene. La reprensión no aparece separada de su ayuda. Jesús no abandona a Pedro en el agua para darle una lección; lo rescata y después confronta su falta de confianza.
¡Qué importante es comprender esta secuencia! La debilidad de Pedro no fue más grande que la mano de Jesús.
Este detalle no debe convertirse en una promesa de que Dios siempre eliminará inmediatamente cada problema que enfrentemos. La Biblia no nos enseña que todas las crisis terminarán de la manera que esperamos. Pero sí nos invita a acudir a Dios, confiar en su carácter y buscar su ayuda en medio de nuestras necesidades.
El Señor declara en Jeremías 33:3: «Clama a mí y te responderé; te daré a conocer cosas grandes e inaccesibles que tú no sabes». En el Salmo 91:15, Dios afirma acerca de quien lo invoca: «Él me invocará y yo le responderé; estaré con él en momentos de angustia».
Estas palabras nos recuerdan que podemos buscar a Dios en medio de nuestras luchas. No necesitamos esperar a sentirnos fuertes para orar. No tenemos que resolver todas nuestras dudas antes de acudir a él. Podemos presentarnos delante del Señor tal como estamos, reconociendo nuestra necesidad y pidiendo que nos sostenga.
Quizá hoy estés atravesando una situación que te hace sentir como Pedro. Tal vez el viento de las circunstancias parece más fuerte que tu capacidad para enfrentarlo. Quizá has comenzado a mirar con más atención tus problemas que las verdades que has aprendido acerca de Dios.
Recuerda que puedes clamar al Señor. Puedes pedirle sabiduría, fortaleza, dirección y ayuda. Puedes reconocer tu temor sin convertirlo en el fundamento de tu vida.
Y si necesitas buscar apoyo, consejo pastoral o ayuda profesional para enfrentar una situación difícil, hacerlo no contradice tu fe. Dios también puede valerse de otras personas y de medios adecuados para acompañarnos y ayudarnos.
La tormenta no tuvo la última palabra
El relato termina con una escena que nos ayuda a comprender el propósito más profundo de lo sucedido:
«Cuando subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca lo adoraron diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”» (Mateo 14:32–33).
Los discípulos habían comenzado la escena llenos de temor. Ahora, después de presenciar lo que Jesús había hecho, responden adorándolo y confesando quién es él.
Este desenlace nos permite ver que el relato no trata únicamente de la fe de Pedro ni de su dificultad para mantenerse caminando sobre el agua. También revela la identidad de Jesús. El que camina sobre el mar, llama a Pedro, extiende su mano y ejerce autoridad sobre la tormenta es digno de adoración.
La conclusión del pasaje no es simplemente que Pedro necesitaba creer un poco más. Es que los discípulos estaban descubriendo con mayor profundidad quién era Jesús.
Nuestra fe también crece cuando dejamos de mirar únicamente lo que necesitamos que Dios haga y comenzamos a conocer mejor quién es él. Por supuesto, podemos presentarle nuestras peticiones y esperar su intervención. Pero nuestra adoración no debe depender exclusivamente de que las circunstancias cambien de la manera que deseamos.
Jesús es digno de confianza no porque siempre comprendamos sus caminos, sino porque su carácter y su obra constituyen el fundamento de nuestra esperanza.
La tormenta puede seguir presente durante una temporada. Las preguntas pueden permanecer sin respuesta por algún tiempo. Sin embargo, podemos continuar caminando con Dios, sostenidos por su gracia y guiados por su Palabra.
La fe no consiste en tener el control de las aguas, sino en aprender a confiar en aquel que tiene autoridad sobre ellas.
Conclusión: vuelve a mirar a Jesús
La experiencia de Pedro nos enseña que podemos comenzar bien y, aun así, experimentar momentos de temor y debilidad. Podemos haber escuchado la Palabra del Señor y, frente a las circunstancias adversas, sentir que nuestra confianza vacila.
Pero la historia no termina con Pedro hundiéndose. Termina con Jesús extendiendo su mano, subiéndolo a la barca y manifestando su autoridad ante los discípulos.
Por eso, cuando el viento sea fuerte, recuerda lo que has aprendido acerca de Dios. No niegues la realidad de tus dificultades, pero tampoco permitas que ellas definan por completo tu esperanza. Vuelve a la Palabra, fija tu mirada en Jesús, camina en obediencia y clama al Señor cuando necesites ayuda.
Y si en algún momento sientes que tu fe se debilita, recuerda que puedes acudir a Cristo. No tienes que esconder tu fragilidad ni fingir que nunca experimentas dudas. Puedes llevarlas delante de él y pedirle que fortalezca tu confianza.
El propósito no es que nunca volvamos a sentir temor, sino que aprendamos a confiar en Dios aun cuando lo sentimos. No se trata de vivir sin tormentas, sino de aprender a vivir por fe en medio de ellas.
Que las dificultades no nos hagan olvidar quién es nuestro Señor. Que el viento no ocupe el lugar que le corresponde a su Palabra. Y que, al contemplar su fidelidad, nuestra respuesta sea la misma de aquellos discípulos:
«Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».
Para reflexionar
¿Qué circunstancias están ocupando hoy más espacio en mis pensamientos que la Palabra de Dios?
¿Estoy confundiendo la fe con la ausencia de problemas o estoy aprendiendo a confiar en Dios en medio de ellos?
¿Qué paso concreto de obediencia puedo dar hoy, aun cuando no tenga todas las respuestas?
Cuando siento que comienzo a hundirme, ¿recurro al Señor en oración o intento enfrentar todo por mis propias fuerzas?
Oración
Señor Jesús, ayúdame a conocerte cada día más y a confiar en tu Palabra. Reconozco que, en ocasiones, las circunstancias despiertan mis temores y hacen que mi fe vacile. Enséñame a fijar mi mirada en ti, a caminar en obediencia y a descansar en tu fidelidad. Cuando me sienta débil, recuérdame que puedo acudir a ti y clamar por tu ayuda. Fortalece mi fe para que, aun en medio de las tormentas, pueda perseverar, vivir conforme a tu Palabra y adorarte por quien tú eres. Amén.
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